Al despertar, muchas mañanas como hoy, siento una extraña sensación de malestar, no es físico, tiene que ver con los retazos que recuerdo de mis sueños, en los que de vez en cuando aparecen personas y personajes que no han sido invitados, que no querría ver ni en sueños a algunos de ellos, pero aun así se cuelan en mis oníricas experiencias, en escenarios de todo tipo, con especial redundancia en los taberneros, que nunca se parecen a los espacios reales que conozco.
En estos desazonadores sueños suelo buscar algo y estoy en perpetua inquietud porque, claro está, no doy con ello y me impaciento y me desespero, me confundo y me pierdo, es tal la sensación real acompañada muchas veces de la reiteración de los escenarios, que en ocasiones he confundido mis recuerdos, y los soñados los he sentido como reales, dándome pena mi situación, mi desgracia por haber pasado largo tiempo en soledad queriendo la compañía de quienes, en el plano consciente, me son absolutamente indiferentes.
En esta situación, el momento más delicado es el del inmediato despertar, en el cual, la confusión se manifiesta descarada y altanera, creando miedos imaginarios que paralizan mi voluntad de levantarme y saludar al nuevo día, todo se confunde, me quedo tumbado un rato y asimilo lo que puedo, lo que no guardado está en algún rincón de mi subconciente, y ahora sí, es buen momento para dejar de pensar y comenzar a hacer.
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