Su origen extremeño ha llevado a estos dos jóvenes a levantar una bandera de su tierra en la taberna (aunque la junta les haya negado una ayuda). Una ensaña que flamea entre magro adobado, matanza, queso de cabra de la Vera, tasajo de ternera, patatas de la casa, y unas migas que dicen han sido catalogadas como "las mejores de Madrid". Vino de Pitarra, tinto, clarete y blanco de pueblo de Cañamero y 26 licores extremeños, sirven de apoyo. Y, como aderezo definitivo, mucho mestizaje musical. De hecho, albergan el club de amigos de los franceses "Les Negresses Vetes".
La "Taberna de los Conspiradores"
La capital alberga, en la zona de Argüelles, uno de los locales más entrañables y frescos a un tiempo que pueden encontrarse en su repleto panorama de garitos. Siquiera el nombre es común. La "Taberna de los Conspiradores" recuerda más bien a nuestro siglo de oro que a los albores del siglo XXI en que nos encontramos. Más Miguel Ángel y Víctor no se han ido tan lejos en la historia para bautizar a su primer local. Enclavado en una zona salpicada de sedes de partidos políticos y organizaciones sindicales, han optado por lo más difícil: aludir a su deseo de cambiar el mundo. "Todo surgió por el libro La Conspiración de Acuario, que trata sobre las revoluciones sociales. La gente piensa que ha de conspirarse contra algo y no siempre es así, puede hacerse para cambiar algo y ése es nuestro objetivo: que la hostelería no sea sólo copeo, sino cultura, ocio educativo. Perseguimos cambiar la afición de la gente por la televisón y los partidos de fútbol, queremos que la gente salga y se divierta", explican.
Cine y ciudad
La barra de bar ha vencido en su lucha por mantener una estética costumbrista, de tabernilla de mediados de siglo. También el salón de la entrada, sazonado de mesas de madera y mármol. Pero las paredes, otrora desnudas, se visten hoy de cine y ciudad mayormente. Briggitte Bardot, Jack Nicholson y "La Naranja Mecánica" alternan con postales del Madrid antiguo y un París bohemio y callejero. No es una casualidad. "mi hermano vivió en Francia durante un tiempo y volvió impresionado por la estética bohemia de los cafés", comenta Víctor. y el local les ha dado la oportunidad de recobrar la memoria aquella. Un largo pasillo precede la entrada en una pequeña sala, con unas pocas sillas, un par de mesas y algunas fotos como ornamento. Es escenario de tertulias, ora de actores, ora estudiantes, siempre abierto a la propuesta del penúltimo visitante. Y el típico patio interior, propicio para cumpleaños. Ambas estancias al lado de una cocina con fogón antiguo que no se utiliza.
Los creadores de todo lo dicho son dos hermanos que han encontrado en la taberna el paraíso después del infierno de trabajos insatisfactorios y una primera intentona empresarial fracasada (estudio de publicidad). "¿Qué hacemos aquí trabajando para otros pudiendo hacerlo para nosotros?", se preguntaron un buen día. Tras la búsqueda incansable de un local que se ajustara a ese ideal que ellos no encontraban abierto en Madrid, se toparon con la "Casa Tomás". Y se produjo el flechazo. Nunca habían estado detrás de una barra -"aprendimos a poner cañas el día antes de abrir"- y el papeleo resultó tan pesado que se les echó encima el momento de la inauguración con apenas tres días para reformarlo todo, pese a lo cual lograron abrir (diciembre del 93) y con un enorme éxito. "No sé ni cómo lo conseguimos: repartimos cinco mil tarjetas de inauguración sin tener apenas nada hecho, con lo que tuvimos que trabajar día y noche durante tres días para cambiar el friso de la madera, el botellero y , como decoración, una amiga nos prestó sus cuadros, grandes y abstractos", rememoran. La puntilla la puso la luz que, cuando ya se habían marchado los invitados, estalló. "Aconsejo a quienes lean esto y busquen un local, que se fijen muy bien en todo, incluso en lo que no se ve; nosotros tuvimos que cambiar toda la instalación de la luz, que a simple vista parecía estar muy bien", recalca Víctor.
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